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España lee más, pero las bibliotecas y librerías siguen en la cuerda floja

23 de abril de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Cada 23 de abril se celebra el Día del Libro, una fecha vinculada a la muerte de figuras como Miguel de Cervantes o William Shakespeare, convertida en símbolo internacional de la lectura. Sin embargo, más allá de la efeméride, los datos actuales invitan a una reflexión más profunda: la lectura crece en España mientras los espacios que la sostienen atraviesan dificultades evidentes.

El último Barómetro de Hábitos de Lectura confirma una tendencia positiva: el 69,8% de la población lee libros y el 66,2% lo hace por ocio, cifras que no han dejado de aumentar desde 2017. Especialmente significativo es el dato entre jóvenes de 14 a 24 años, donde un 76,9% se declara lector, desmontando uno de los tópicos más repetidos. También crece la lectura entre mayores de 65 años, alcanzando el 58%. A pesar de ello, la falta de tiempo sigue siendo el principal obstáculo para leer, señalada por el 42% de quienes no lo hacen.

En este contexto, las bibliotecas públicas deberían ser un pilar fundamental. Sin embargo, en ciudades como Alicante, la red de bibliotecas arrastra años de abandono y falta de inversión, lejos del papel central que desempeñan en el acceso democrático a la cultura. Paradójicamente, la asistencia a bibliotecas roza ya el 30% de la población y su valoración alcanza un notable alto (8,1), lo que evidencia una demanda real que no encuentra una respuesta proporcional en recursos ni en planificación.

El ecosistema del libro no se sostiene únicamente con estadísticas. Este año, la ciudad ha perdido un espacio emblemático como la librería Pynchon, un cierre que invita a pensar en la fragilidad del tejido cultural local. Frente a esa pérdida, sobreviven proyectos que mantienen viva la experiencia de la lectura como algo compartido y tangible, como Fahrenheit 451, 80 Mundos, Librería Raíces o Llibres Chus, así como Detroit Llibres (en Alcoi) o Librería Séneca (en Elche). Todas ellas representan una forma de entender la cultura que va más allá de la transacción comercial.

Frente a este modelo, plataformas como Amazon han consolidado su peso en la venta de libros, aunque su propuesta carece de elementos esenciales para muchos lectores. No generan comunidad, no propician encuentros con autores ni fomentan espacios de diálogo, ni tampoco reproducen la dimensión sensorial de una librería: el ambiente, la conversación o incluso ese tiempo detenido que permite leer sin interrupciones.

Las librerías independientes siguen siendo, además, espacios de mediación cultural, donde nacen clubes de lectura, presentaciones y recomendaciones que no responden a algoritmos. Son lugares donde la lectura deja de ser un acto aislado para convertirse en una experiencia colectiva, capaz de perdurar más allá de la última página.

Por todo ello, el Día del Libro debería servir no solo como celebración, sino como recordatorio. Leer no es una actividad excepcional, sino una práctica cotidiana que requiere tiempo, espacios y políticas públicas que la sostengan. Porque si algo demuestran los datos es que el interés existe. Lo que falta, en muchos casos, es el entorno adecuado para que ese hábito crezca y se consolide.

Quizá por eso, más allá del 23 de abril, la reivindicación es clara: todos los días deberían ser el Día del Libro. Aunque sea con unos minutos al día, en silencio o en compañía, en papel o en pantalla, la lectura sigue siendo una de las herramientas más accesibles para construir pensamiento crítico, imaginación y ciudadanía.

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Publicado en: Día Mundial de..., en portada, España, LITERATURA, noticia cultural, noticias breves, REVISTA




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