
Hay palabras que deberían venir con prospecto poético. “Virus”, por ejemplo. “Rata”… Y no digamos ya “hantavirus”, que suena a criatura microscópica escapada de una película de sobremesa, de esas en las que siempre hay un actor interpretando a un científico con bata, una alarma roja y alguien que corre por un pasillo gritando que ya es demasiado tarde.
La realidad es, casi siempre, menos cinematográfica y, por desgracia, más incómoda, entre otras cosas porque contarla exige, o al menos debería exigir datos, contexto, prudencia y una cierta higiene verbal. No se trata de ocultar lo que ocurre, sino de contarlo sin convertir cada charco en un pantano ni cada sospecha en una epidemia bíblica.
Informar no es bajar la persiana del miedo ni abrir la puerta al pánico. Informar es encender la luz. El problema, hoy en día, es que la luz da menos likes que el incendio.
El caso del hantavirus ha servido estos días para comprobar, una vez más, la fragilidad del ecosistema informativo y la extraordinaria facilidad con la que algunos convierten una alerta sanitaria en un parque temático del miedo. Bastó que alguien pronunciara la palabra maldita para que empezaran a flotar las ratas, algunas reales y otras metafóricas. Presidentes hablando de roedores como si estuvieran narrando un capítulo de National Geographic apocalíptico, cuentas anónimas fabricando bulos con la alegría de quien lanza confeti en una boda cutre y opinadores de urgencia confundiendo prevención con espectáculo.
Crear alarma es facilísimo. Basta con omitir los datos importantes, añadir dos adjetivos y colocar un signo de exclamación donde debería haber una fuente. Nada que ver con informar que es lun proceso lento que no debería basarse en la exclusiva. Porque requiere comprobar, contrastar, preguntar, esperar. Y en estos tiempos esperar parece una forma de cobardía, cuando en realidad suele ser una forma de decencia.
Pero la decencia de hoy vale poco… Lo que cotiza es el susto. La frase gruesa. El titular con espuma. La imagen que se comparte antes de pensar en las consecuencias que lleva implícita. El comentario del que no sabe nada, pero lo sabe con muchísima intensidad. Hemos construido una plaza pública donde el que grita parece más informado que el que duda, y donde la prudencia es sospechosa porque no sirve para hacer memes.
A nivel local ayer sucedió lo mismo con la huelga por la Educación pública. No importaba tanto saber qué había pasado, quién había secundado la protesta, qué reclamaban los docentes, qué decían las familias o qué datos podían verificarse. Importaba ganar el relato.
Y ahí es donde empieza la obscenidad. Porque una cosa es tener línea editorial y otra muy distinta es usarla como si fuera una porra. La línea editorial orienta, interpreta, da un marco. El panfleto, en cambio, sustituye la realidad por la conveniencia. Donde debería haber contexto, pone consigna. Donde debería haber datos, pone obediencia. Donde debería haber preguntas, coloca eslóganes con olor a despacho cerrado y pago por adelantado.
Y así llegamos a esa extraña situación en la que algunos medios ya no informan de lo que ocurre, sino de lo que les gustaría que hubiera ocurrido, o de lo que sus clientes quieren que ocurra. Si desde Valencia se dicta que la huelga ha sido irrelevante, entonces Alicante amanece con la irrelevancia impresa en papel institucional. Si desde un gabinete conviene que no haya conflicto, el conflicto desaparece por decreto narrativo. La realidad, pobre, queda relegada a un segundo plano, como esos figurantes que salen desenfocados en las películas.
Por suerte, todavía, la realidad es terca. Tiene la mala costumbre de seguir existiendo aunque no salga en la nota oficial.
Y tiene, además, una manía que le jode mucho al poder establecido: deja huellas. Ayer la foto era evidente: el aula sin profesor, una familia preocupada, una plantilla cansada, una pancarta, una concentración, una queja, una fotografía que no encaja con el comunicado. La propaganda puede tapar muchas cosas, pero no puede borrar del todo esa vibración de fondo que aparece cuando la gente deja de tragarse el decorado.
Quizá el gran problema de nuestro tiempo no sea la falta de información, sino el exceso de ruido disfrazado de información. El tonto, sin capacidad crítica, siempre encontrará un meme que le ahorre pensar. El radical siempre encontrará un argumento que confirme lo que ya creía, aunque sea falso. El sectario siempre preferirá una mentira útil a una verdad incómoda. Y el algoritmo, que tiene ideología y apetito de ignorancia, premiará la frase más bestia, la imagen más burda y la indignación mejor empaquetada.
Justamente por eso el periodismo debería resistirse. No competir con el barro, sino levantar una barrera ética. No correr detrás del último imbécil con cuenta anónima, sino preguntarse quién se beneficia de que la conversación pública se convierta en un vertedero. No servir de altavoz al miedo, ni de felpudo al poder, ni de palmero a la propia parroquia.
La prensa seria no está para tranquilizar al poder ni para excitar a la grada. Está para contar lo que pasa. Con datos concisos. Con fuentes identificables. Con contexto suficiente. Con la humildad de corregir cuando se equivoca y la valentía de incomodar cuando toca. No está para alimentar supersticiones sanitarias ni para maquillar conflictos sociales. No está para fabricar villanos a la carta ni para vender calma administrativa donde hay malestar ciudadano.
Informar es decir: esto sabemos, esto no lo sabemos todavía, esto conviene vigilarlo y esto otro es falso. Alarmar es decir: cuidado, que vienen las ratas flotando, y dejar que cada cual imagine el tamaño de la plaga. Hay una diferencia moral entre ambas cosas. Y también una diferencia profesional que cuesta cuatro años de carrera y muchos dolores de cabeza.
Por eso, sin pretender ser adalid de nada, hoy conviene reivindicar algo tan antiguo y tan revolucionario como el criterio. No la neutralidad de cartón piedra, esa que a veces solo sirve para poner al mismo nivel un dato y una mentira, sino la honestidad de mirar los hechos antes que la trinchera. Tener línea editorial no debería ser una licencia para deformar la realidad, sino una responsabilidad añadida para explicarla mejor.
Lo contrario no es periodismo. Es militancia mal escrita. Es publicidad con complejo de editorial. Es propaganda de saldo envuelta en formato de noticia. Es el viejo truco de llamar información a lo que no pasa de recado.
Porque cuando un medio renuncia a informar y se limita a confirmar las creencias de los suyos, deja de ser un medio de comunicación. Puede seguir teniendo cabecera, web, redes sociales, fotografías, patrocinadores y hasta una sección de opinión. Puede incluso presumir de pluralidad mientras reparte consignas como quien reparte estampitas. Pero en esencia ya es otra cosa. Un altavoz. Un folleto. Un escaparate. Un panfleto publicitario con pretensiones de periódico.
Y no pasa nada. Que se llamen así. Al menos, por una vez, estarían informando.




















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