
A un mes de la vista judicial que decidirá el futuro de las mascletàs en la plaza de Luceros, el debate público en Alicante corre el riesgo de simplificarse en exceso. La demanda presentada por Salvem el Nostre Patrimoni no plantea el fin de las Hogueras ni de las mascletàs, sino algo mucho más concreto: preservar un monumento histórico ante posibles daños derivados de los disparos.
La fuente de Luceros, obra del escultor Daniel Bañuls y catalogada como Bien de Relevancia Local, forma parte del patrimonio cultural de la ciudad. Los informes técnicos que apuntan a un deterioro progresivo por el impacto de las explosiones —con cargas de hasta 120 kilos de pólvora— sitúan el debate en un terreno objetivo. No es una cuestión ideológica, sino técnica: qué nivel de impacto puede soportar el monumento sin comprometer su conservación.
En este contexto, resulta llamativo que desde el Ayuntamiento se descarte de plano cualquier alternativa de ubicación. La posibilidad de trasladar las mascletàs a otros espacios de la ciudad no implicaría su desaparición, sino una adaptación razonable. De hecho, podría suponer una oportunidad para descentralizar la fiesta y acercarla a otros barrios. Por ello, plantear alternativas no es atacar la tradición, sino buscar su sostenibilidad a largo plazo.
Sin embargo, parte del discurso político ha optado por presentar este debate en términos de confrontación, sugiriendo que se pretende acabar con una de las señas de identidad de Alicante. Esta interpretación, además de inexacta, introduce un componente de polarización innecesario. Reducir la defensa del patrimonio a una supuesta ofensiva contra las fiestas es una simplificación que dificulta el diálogo.
La protección del patrimonio y la celebración de tradiciones no son objetivos incompatibles. Al contrario, forman parte de una misma identidad cultural que debe ser gestionada con equilibrio. La vista del próximo 26 de mayo no solo resolverá un conflicto concreto, sino que puede sentar un precedente sobre cómo se abordan este tipo de tensiones en el futuro. La cuestión de fondo no es si hay mascletàs o no, sino cómo se garantiza que puedan convivir con el respeto al patrimonio histórico.
En última instancia, el debate interpela a la responsabilidad institucional. Escuchar a los expertos, valorar informes técnicos y considerar alternativas no debería interpretarse como una debilidad, sino como una muestra de buena gestión. Defender el patrimonio no es ir contra la fiesta; es asegurar que la ciudad pueda seguir disfrutándola sin perder parte de su historia.























Deja una respuesta