
Hay comisiones que nacen con vocación de luz y acaban siendo apenas un reflejo. La de Les Naus, en el Ayuntamiento de Alicante, parece haberse convertido en eso: un espejo vacío donde no se refleja nada, o peor, donde lo que se refleja es la ausencia de dignidad.
Vacío el programa, dicen. Vacías las promesas que se presentaron como arquitectura de futuro y se quedaron en planos sin habitar. Vacío también el patrimonio, que se diluye entre expedientes incompletos, silencios administrativos y esa sensación persistente de que lo importante siempre ocurre fuera del foco. Pero lo más inquietante no es lo que falta, sino la forma en que ese vacío se normaliza, se institucionaliza, se firma en informes.
Un documento técnico —frío, correcto, jurídicamente impecable— ha venido a poner límites donde antes había expectativas. La comisión no puede investigar. No puede citar a quienes toman decisiones. No puede señalar responsabilidades. Solo puede leer papeles. Revisar documentos. Ordenar folios. Como si la verdad fuese una cuestión de archivo y no de voluntad política.
Y entonces la palabra “comisión” se queda sola, despojada de su sentido. Porque una comisión sin capacidad de preguntar no es más que una sala con sillas, también vacías. Una comisión sin posibilidad de incomodar es apenas un trámite. Una comisión sin consecuencias es, en esencia, un gesto… sí, también, vacío.
Se dirá que es la legalidad. Que los ayuntamientos no son parlamentos. Que hay derechos que proteger, formas que respetar. Todo eso es cierto. Pero también lo es que la política no puede esconderse eternamente detrás de la burocracia para evitar el fondo. Porque cuando la forma lo ocupa todo, el fondo desaparece. Y con él, la confianza – que ya de por si está en entredicho.
Les Naus no es solo un caso urbanístico. Es también una metáfora incómoda de cómo se construye —o se desmantela— lo público. Viviendas que debían ser hogar y acaban siendo expedientes. Procesos que debían ser transparentes y acaban siendo opacos. Comisiones que debían esclarecer y acaban certificando su propia impotencia.
Vacío el programa. Vacíos los proyectos. Vacía la comisión. Y, poco a poco, vacío también el relato institucional que debería sostenerlos…
Porque cuando una ciudad deja de poder hacerse preguntas a sí misma, lo que queda no es el silencio: es la desafección. Y ese es un vacío mucho más difícil de llenar.




















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