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La gira suspendida del Alacant Desperta y las comparaciones odiosas

6 de mayo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay plenos que retratan una ciudad. Y el de esta mañana en el Ayuntamiento de Alicante ha sido uno de esos. Dantesco, sí, pero no por el ruido, ni por la tensión política —que también—, sino por lo que se ha dejado entrever sin pudor: que la cultura, cuando no cotiza – o se atiene a la realidad institucional – , molesta.

La denegación de permisos para la Gira Alacant Desperta no es solo una decisión administrativa. Es un posicionamiento. Y conviene llamarlo por su nombre. Porque durante años, Alacant Desperta ha sido el paraguas —imperfecto, sí, pero imprescindible— de la cultura de base en esta ciudad. Un espacio donde miles de músicos, actores, malabaristas, cuentacuentos y creadores han tenido algo que Alicante les niega sistemáticamente: una primera oportunidad. Un escenario. Un público. Un lugar donde equivocarse y volver a empezar. Eso no se mide en PIB. Y ahí empieza el problema.

En una ciudad que basa todo en el cortoplacismo y en las burbujas, hay una doble vara de medir sustentada por la opacidad evidente y palpable en las decisiones de la corporación actual. Son muchos los contratos, las cifras, el turismo y la vida que genera la cultura. Pero nadie sabe por qué, se omiten, se desprotejen y se zancadillean vilmente. Seguramente, porque no conviene que haya un pensamiento crítico en frente.

Y amparado por ese proceder: Ocupación de Vía Pública ha dicho no. basándose en informes de la Policía Local. Que si no se pueden controlar los accesos. Que si no se puede medir la asistencia. Que si la edad del público. Que si la venta de alcohol. Que si hacen falta más efectivos.

Todo muy serio. Todo muy técnico. Todo muy… selectivo. Si no fuera porque hace una semana, la vía pública se ocupaba sin problema para un desfile de belleas. Y no es que hubiera barras: es que había latas de cerveza, chupitos de anís y una normalización absoluta del consumo en plena calle. Y no pasa nada. Nunca pasa nada. Como tampoco pasa con las Hogueras, ni con la Semana Santa, ni con maratones, ni con ferias gastronómicas de cualquier cosa —croquetas, tortillas o lo que toque ese fin de semana—. Alicante es una ciudad permisiva… dependiendo de quién pida permiso.

Se habla también de la “imposibilidad de controlar” a los asistentes. De la “irrupción sorpresiva de personas desinhibidas”, como si estuviéramos ante una amenaza terrorista y no ante un evento cultural abierto. El lenguaje no es inocente. Estigmatiza. Construye un relato donde el problema no es la gestión, sino la gente.

Y sin embargo, cualquiera que haya pasado por Alacant Desperta sabe que, entre escenario y escenario, lo que más abunda no es precisamente el descontrol: son familias, niños, chavales que descubren por primera vez que la cultura puede ser algo más que consumirla en silencio.

Lo de las mascotas, directamente, roza el esperpento. En una ciudad donde las mascletàs forman parte del ADN, donde el ruido se celebra incluso cuando gana un equipo español la Champions, apelar ahora al bienestar animal resulta casi una broma de mal gusto.

Por todo esto y más, surge la pregunta inevitable: ¿qué ha cambiado? teniendo en cuenta que propuestas similares ya se han hecho en 2024 y 2025, en barrios como las Cridas, en la plaza de les Palmeretes o en Benalúa. Sin problemas. También había programación prevista para Zona Norte en octubre y en Las Cigarreras en diciembre.

La respuesta es incómoda, pero bastante evidente: un evento como este requiere coordinación, trabajo, implicación institucional. Y cuando no hay voluntad política de sostener la cultura de base, lo que aparecen son las excusas.

Se les ve el plumero. Y lo más triste es que Alacant Desperta no solo programaba cultura: la pensaba. Fue pionera en introducir reciclaje en eventos, en fomentar el uso de la bicicleta, en entender la cultura como una herramienta contra la apatía que las instituciones han normalizado entre la juventud. Eso sí que es peligroso: una ciudadanía activa y con criterio.

Y zancadillearla no es un síntoma. Es una realidad. La cultura de base —la que nace en la calle— no es un complemento. Es el origen de todo lo demás. Sin ella, lo que queda es una ciudad que programa, pero no crea. Que consume, pero no vive.

(y entonces… llega el momento incómodo: el de la respuesta).

Porque tal vez esto sea también una oportunidad para medir algo más que la voluntad política. Para pulsar la implicación real de toda esa gente que durante más de diez años ha llenado el Monte Tossal. Para preguntarnos si queremos que esto muera… o si estamos dispuestos a sostenerlo cuando las instituciones se apartan.

A lo mejor toca asumir costes. Multas. Presencia policial inmediata. A lo mejor toca ocupar espacios, buscar alternativas —Las Harineras, por ejemplo— o, simplemente, hacer ruido. Del incómodo. Del que no se puede ignorar.

Porque cuando una ciudad decide que la cultura es prescindible, lo que está diciendo, en realidad, es que hay parte de su gente que también lo es.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, Crítica Social, Educación, Estilo de vida, juventud, noticias breves, opinión, REVISTA, SOCIAL




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