
Hoy se cumple un año del gran apagón que dejó a España a oscuras, literal y metafóricamente. Doce meses después, la sensación dominante no es solo el recuerdo incómodo de aquellas horas sin luz, sino algo más inquietante: seguimos sin respuestas claras sobre lo que sucedió y por qué ocurrió.
No hay culpables. O, al menos, no los hay de forma oficial. Las investigaciones se han diluido entre informes técnicos, declaraciones ambiguas y silencios administrativos. Nadie asume responsabilidades por un fallo que paralizó hogares, comercios e infraestructuras críticas. Y eso, en un sistema que presume de solidez y modernidad, debería ser inaceptable.
Tampoco sabemos si puede volver a ocurrir. Esa es, quizás, la mayor de las incertidumbres. Porque un error sin responsables es, por definición, un error que puede repetirse. Y mientras tanto, la ciudadanía vive con la sospecha de que todo depende de una red eléctrica que no termina de explicarse a sí misma.
Por si fuera poco, la factura de la luz ha seguido subiendo. Aquí es donde la indignación deja paso al enfado. Porque no solo no se han depurado responsabilidades, sino que el sistema de tarifas sigue siendo un laberinto opaco que penaliza al consumidor medio. Suben los costes, se justifican con tecnicismos y, al final, quien paga siempre es el mismo: el usuario.
Resulta difícil no ver una desconexión —nunca mejor dicho— entre lo ocurrido hace un año y las decisiones posteriores. No ha habido reformas profundas, ni sanciones ejemplares, ni un cambio de modelo que garantice mayor transparencia o seguridad. Solo ajustes menores y muchas explicaciones que suenan más a excusa que a solución.
Eso sí, no hay mal que por bien no venga, porque algo ha cambiado en los hogares. Muchos hemos incorporado un pequeño “plan B”: un kit de emergencia, una radio a pilas, un hornillo, velas, linternas. Una especie de retorno discreto a la autosuficiencia básica, más propio de otros tiempos que de un país europeo del siglo XXI.
Es paradójico lo de llevar suelto en el bolsillo, por lo que pueda pasar… y que mientras el sistema promete innovación, digitalización y eficiencia energética, los ciudadanos se preparan como si el próximo apagón fuera cuestión de tiempo. No es progreso: es desconfianza.
Un año después, la luz volvió. Pero la sensación de fragilidad sigue ahí. Y mientras no haya respuestas, responsabilidades y cambios reales, lo que ocurrió aquel día no será solo un recuerdo: será una advertencia ignorada que «celebraremos» cada año como la proeza de haber sobrevivido unas horas a la vida sin Wifi, sin luz, sin ascensores, sin semáforos y, en cierta manera, sin responsabilidades.
Bien pensado, vino hasta bien apagar todo ese estrés un rato…
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